viernes, abril 14, 2006

Amor brujo (primera parte)

La siguiente es una historia que no escribí yo, aunque ciertamente, pude haberlo hecho. Le pertenece a William, pero yo tengo acceso a ella. Va en contra de su voluntad, pero la publico para que se liberen ciertos demonios que nos siguen rondando.

***

No tienes dónde esconderte. Lo sabes. Sé que lo sabes. Se nota en tu forma de caminar. Ya no mueves las caderas como si dominaras el mundo con ellas. No. Ahora eres más simple, más rígida. Parece que pensaras cada paso antes de darlo. Tienes miedo y asco. Te frotas las mejillas, los brazos y la nuca casi en cada esquina. Quieres limpiarte. Borrar las manchas azules que cubren tu piel. Te avergüenzan porque presientes que son la evidencia de tu pecado.

Al principio pensaste que eran simples moretones, sin embargo, con el pasar de los días, cada una de esas pequeñas manchas, por decirlo de alguna manera, cobró vida. Poco a poco, empezaste a sentir cómo se movían por debajo de tu piel. Te estremecen. Te provocan. Caminan dentro de ti cada vez que te sientes sola. Por eso, intentaste buscar la compañía de otras mujeres, de esas “amigas” que tanto desprecias. Sólo por eso. Para no estar sola con ellos, con cada uno de los amantes que ha cruzado la frontera de tus sábanas.

Sí mujer, son ellos. Ellos son los fantasmas que todas las noches llenan tu habitación de voces y gemidos, sonidos entrecortados que creíste recuerdos o quizás un remordimiento tardío por haber fingido amor.

Te detienes al lado del semáforo. Tienes la cara pálida. Ahora lo has comprendido. Llevas debajo de tu piel a todos tus hombres. Miras hacia atrás y tratas de encontrarme, pero las luces de la ciudad no te devuelven ni una sola sombra. ¿Qué vas a hacer? Esta noche no vas a ir a los bares donde tendías tus redes. No puedes. Tu piel no te lo permite. Acabas de salir del trabajo y no tienes a dónde ir. No tienes a nadie porque los tienes a todos. Los tienes a todos y te sientes sola. Lo sé porque has cruzado los brazos sobre tu pecho tratando de darte calor. Buscas refugio.

Decido acercarme a ti mientras “ellos” despiertan. No lo puedes evitar. Es una maldición. Es mi maldición. Te muerdes los labios tratando de contenerte, pero tu cuerpo te traiciona. Casi puedo verlo. Las manchas se levantan y suben desde tus pies hasta tu pecho, una y otra vez, como si te acariciaran desde adentro. Aunque los músculos de tu rostro dibujen una mueca de satisfacción, sé que te sientes derrotada. Ya no resistes más y pierdes la conciencia. Ellos por fin han tomado lo que les pertenecía. Lo que creyeron, alguna vez, que les pertenecía.

Ni siquiera sientes cuando te quito la ropa. ¿Por qué me obligaste a hacerlo? Tu cuerpo, a pesar de estar cubierto de azul, sigue siendo tan hermoso como la primera vez. Nunca comprendí por qué te mantenías joven a pesar de tus hábitos. Me gustaba pensar que eras un ángel. Me gustaba…

jueves, abril 13, 2006

Bajo la piel (última parte)

-¿Cómo? No, nosotros no nos vamos. Usted sabe como son los niños, siempre andan inventando historias, a lo mejor la profesora lo escuchó de uno de ellos y pensó que era cierto.
-Y entonces, ¿por qué no fue Anita a estudiar?
-Lo que pasa es que este fin de semana se puso a jugar en el parque en pleno aguacero y se resfrió. De hecho, estas pastillas son para ella.

La madre sonrió. “Pobre Juan, tengo que ir a contárselo”.

Una hora después entró a la casa y descargó los paquetes en la cocina. Llamó a Juan, pero nadie le respondió. En ese momento sintió los pasos de Anita mientras bajaba las escaleras. Era tanta la frialdad que emanaba de sus ojos de niña, que la madre no pudo hacer otra cosa que dejarla ir en silencio. “¡Debajo de la piel!” Corrió al segundo piso y sintió un viento helado que entraba por la ventana del corredor. “Juan, ¡qué hiciste!” El amor y un cuchillo la estaban esperando detrás de la puerta.

Un poquito de dulzura

Enumeraré las cosas que me gustan:

Tu voz, tus labios, tu cabello negro mojado por la lluvia, tus manos, los dedos de tus manos, tu nariz, pequeña y ansiosa, tus orejas, tus pies, tu cintura, tus piernas, cortas y profundas como la dicha, tus mejillas, el rubor de tus mejillas, la curva de tu espalda, tu pecho y sus frutos maduros, tus brazos que me rodean desde el alma hasta el cuello.

Me gusta escuchar tu risa, tus suspiros, tu respiración cuando te enojas, cuando piensas, cuando te sorprendo. Me gusta cuando callas y cuando hablas sin parar. Me gusta la forma en que dices “Hola” y “Adiós” y también cuando dices mi nombre.

Me gusta tu dulzura, tu sencillez, tu locura. Me gusta cuando estás triste y puedo consolarte. Me encanta verte sonreír. Me gusta la manera en la que recoges los lapiceros, la forma en que miras el reloj. Me gusta verte distraída. Me gusta verte concentrada. Me gusta ver el mundo a través de tus ojos, ver tus ojos a través del mundo, verte a ti en todas las cosas y a todas las cosas en ti.

Me gusta cómo escribes, cómo hablas, cómo defiendes tus argumentos. Me gusta cuando te desahogas, cuando juegas a ser poeta y cuando tocas la guitarra.

Me gusta estar contigo y también me gusta tu ausencia.

Me gustan las huellas que dejas sobre mis sábanas para que pueda hallarme en ellas cuando te vas.

Eres mi mundo,
Y aunque sé que no te gusta que sea cursi,
Ni que me las dé de poeta,
O escritor loco,
Esto lo escribo,
Para recordar las cosas que me gustaban de ti,
Cuando ya no estés.

martes, abril 11, 2006

Bajo la piel (segunda parte)

-¿La invitaste?
-No, no pude hablar con ella.
-¿Por qué?
-Porque se va a ir.
-¿A dónde?
-Según la profesora, su papá consiguió trabajo en otra ciudad y mañana se trastean.
-Entonces por qué no vas a su casa y te despides. ¿No te da tristeza que se vaya?
-No. ¿No recuerdas que la llevo debajo de mi piel?
-Pero ella se va a ir sin saberlo. Se va a ir y no la vas a volver a ver, pero si hablas con ella, es posible que te recuerde y que regrese, de vez en cuando, a visitarte.
-No mamá, no quiero. Ella está conmigo, siempre lo estará.

La madre se fue preocupada. No quería dejar a su hijo solo y menos ahora que había visto sus ojos enrojecidos por las lágrimas. Si tan sólo le hubiera prestado atención a la forma de sonreír de Juan, ese gesto de fatal certidumbre que se había adueñado de su rostro, quizás no hubiera ido a hacer las compras. Era evidente que Juan tenía una fiebre de obsesión.

Poco después de que ella saliera, en la casa vacía sólo se escuchó el sonido de una puerta que se cerraba con fuerza haciendo vibrar los cristales de las ventanas cerradas.

Un amor de museo

Eres un idiota. Lo sabes. Lo sabes muy bien. Tú y tu estúpida moral. Ella está llorando, está llorando por ti en la ciudad donde las lágrimas se congelan y van cortando la piel hasta llegar a los labios. ¿Por qué no quieres amarla? ¿Por qué no lo arriesgas todo por ella? ¿Acaso no vale la pena? ¿Acaso olvidaste su sonrisa, su voz? ¿Por qué te niegas a sentir? ¿Cuántas llaves más necesita tu encierro? Si quieres te arranco los ojos, las manos, la piel para que puedas seguir viviendo sin que te duela la conciencia.
Eres un idiota. El peor de todos. Ojalá ella aprenda a olvidarte. Ojalá mueras en su memoria. Ojalá comprendas que aquella magia indefinible que había en ti por causa de ella, es lo que todos llaman amor y que tú, por miedo, por cobardía inútil, siempre confundes con un “capricho”.
Tu amor es amor de museo, amor disecado y muerto, amor sin piel, sin lágrimas. Tu amor es amor de cartas y fotografías, de palabras bonitas y caricias que son sólo promesas. Tu amor es una pintura que siempre puedes ver, visitar pero nunca entrar en ella.
Ojalá cuando lo comprendas, ella ya no llore más por ti y te quedes solo, más solo de lo que siempre has querido, porque amigo mío, eres un idiota...

Dedicado a un hombre que siempre llora cuando debe sonreír. Lo siento, es la verdad, tú sabes que sí.